Espiral de odio, magnicidio fallido y conmoción en Argentina

Fernando André Sabag Montiel, de origen brasileño pero radicado en Argentina, fue detenido por gatillar en el fallido magnicidio de la vicepresidenta argentina Cristina Fernández de Kichner (CFK). Sabag había aparecido en la televisión como un ciudadano común realizando declaraciones en contra de la funcionaria, y se han presentado imágenes de sus redes sociales donde se ven sus tatuajes nazis.

Sabag falló al accionar su arma, la cual contaba con cinco balas, pero ninguna en la recámara por problemas en la corredera. El fallido magnicidio ha transcurrido en medio de un clima de alta exasperación política en Argentina.

El contexto es que CFK, quien fuera electa vicepresidenta en 2019, ha sido acusada de corrupción en el otorgamiento de licitaciones de la obra pública en la provincia de Santa Cruz (sur), su cuna política. La Fiscalía pidió la semana pasada que sea condenada a 12 años de prisión, además de su inhabilitación política perpetua. La semana próxima comenzarán los alegatos de la defensa en el juicio oral en el que también están acusadas otras 12 personas.

El atentado del pasado 1° de septiembre ocurrió en medio de una manifestación popular en rechazo al lawfare que se viene desarrollando contra la vicepresidenta. El evento ha puesto sobre la mesa el problema del escalamiento del lenguaje y manifestaciones de odio en el país austral, que tiene un desarrollo político teledirigido y está aupado por altos niveles de crispación política.

UN FENÓMENO QUE SE NATURALIZA: EL DISCURSO DE ODIO

El intento de asesinato contra quien fuera dos veces presidenta de Argentina, lo cual no es un dato menor, ha sido vinculado a los llamados discursos de odio (DDO) que han emergido de manera sísmica y ascendente en la política latinoamericana.

A comienzos de la década pasada, un grupo de investigadores argentinos liderados por Ezequiel Ipar comenzó a estudiar las nuevas modalidades de autoritarismo social. Según Ipar, en aquellos años recién empezaba a afianzarse la articulación entre mitologías autoritarias y el ethos neoliberal, que algunos años después enmarcaría la profundización de procesos des-democratizadores en diferentes puntos del globo.

El discurso de odio ha alcanzado niveles preocupantes y evoca una época de odio desatado en tiempos de dictadura (Foto: AFP / Getty Images)

Dicho equipo realizó una encuesta telefónica a nivel nacional entre 2020 y 2021 que permitió sistematizar información en torno a las tendencias en la sociedad argentina a aprobar y reproducir discursos de odio y otros prejuicios sociales en la esfera pública. Con el análisis de los datos de la encuesta publicaron, entre otros, el informe «Discursos de odio en Argentina» que parte de definirlos como:

«…cualquier tipo de discurso pronunciado en la esfera pública que procure promover, incitar o legitimar la discriminación, la deshumanización y/o la violencia hacia una persona o un grupo de personas en función de la pertenencia de las mismas a un grupo religioso, étnico, nacional, político, racial, de género o cualquier otra identidad social».

Asimismo el equipo desarrolló un índice DDO para elucidar las principales determinaciones sociales que podrían explicar las tendencias a la identificación con DDO, además observar el modo en que se articulan los DDO con otros prejuicios sociales que también pueden debilitar la convivencia democrática, como el antisemitismo o los sesgos de género.

Este estudio generó algunos hallazgos:

  • Un 26,2% de la ciudadanía argentina promovería o apoyaría DDO, mientras 17% sería indiferente y 56,8% los criticaría o desaprobaría.
  • El apoyo de este tipo de expresiones se intensifica hacia el centro de la Argentina (donde 30,7% de los encuestados los promueve) y al noroeste del país (30,4%), y exhibe los niveles más bajos en la Patagonia (20,5%).
  • Entre la población millennial (personas entre 25 y 40 años actualmente) hay una mayor predisposición a abrazar este tipo de discursos (31,1%) y una menor propensión a criticarlos o desaprobarlos (51%).
  • Los baby-boomers (56 a 74 años) son quienes menos apoyan los DDO (19,6%), así como quienes más los desaprueban (64,3%). Entre los más jóvenes, en los centennials (15 a 24 años), si bien la aprobación de los DDO (26,5%) está un poco por encima de la que tienen en la población en general (26,2%), la desaprobación (61,5%) es muy alta, y son los menos propensos a mantenerse indiferentes (12,3%).
  • Las personas con posgrados completos e incompletos son las menos propensas a apoyar o promover DDO (16,1%) y las más dispuestas a desaprobarlos y criticarlos (68,2%).
  • Entre el grupo de quienes se identifican como dueños patrones o empleadores, se ve una mayor disposición a apoyar este tipo de discursos (33,4%). Por otra parte, quienes se asumen como empleados (28%) y obreros (27%) también muestran valores levemente superiores al resto de ocupaciones.
  • Un 33% de las personas identificadas como muy autoritarias aprueban DDO, mientras apenas un poco más de la mitad los rechaza. En cambio, entre aquellos identificados como nada autoritarios, 16,9% se identifica con DDO y 65,3% los critica y desaprueba. Entre los algo autoritarios, la disposición a reproducir DDO es de 27,2% y la desaprobación de 56,2%.

EL ODIO ANTI-K: LA ARQUITECTURA DE UNA ESPIRAL VENENOSA

El filósofo argentino José Pablo Feinmann (1943-2021), quien fuera un activo militante de la Juventud Peronista y opuesto al uso de la violencia con fines políticos, describió el odio a CFK a través de un diálogo imaginario:

«Para usted, señora, es difícil tolerar a Cristina. No la aguanta. Creo que la odia porque encuentra en ella cosas de las que usted carece. Cuando una persona ve en otras cualidades que le faltan, puede llenarse de odio y resentimiento. Porque su mera existencia (la de la vicepresidenta) es la muestra palpable de su mediocridad».

En una entrevista que reprodujo la emisora Radio 10, ubicó la explicación en el subconsciente de esas personas diciendo que las protestas por la inflación, la inseguridad o el estilo «agresivo» de la presidenta son «manifestaciones simbólicas de lo que subyace en las catacumbas de esas mentes retorcidas». Agregó que detrás de esas manifestaciones «hay un odio irracional, producto de las frustraciones existenciales que anidan en ciertas personalidades mal constituidas», refiriéndose a los anti-K, compuesto por sectores captados por la mediática que experimentan un profundo extravío de clase.

La periodista Sandra Russo describía en enero de 2021, en plena pandemia, cómo son en detalle tanto la animadversión contra CFK como quienes la estimulan. La alta dosis de veneno mediático va desde contarle las carteras, criticar obsesivamente el maquillaje o descalificar a su desaparecido compañero y expresidente Néstor Kichner, porque «a una mujer alguien tenía que estar diciéndole qué hacer».

La confrontación política durante la transición Kichner-Macri llegó a niveles críticos (o eso hizo parecer la prensa), cuando la líder peronista se rehusó a participar de la ceremonia de investidura del empresario al asumir la presidencia en diciembre de 2015.

En la arquitectura anti-K han participado sectores del Poder Judicial con juicios seriados y altamente mediatizados en los que se gastaron ingentes recursos en hacer allanamientos en la vivienda Kichner, ubicada en la Patagonia, con retroexcavadoras buscando cajas de metal con dinero que nunca apareció. Entretanto, la ceocracia macrista fugaba divisas y alimentaba cuentas secretas. A los sectores de clase media frustrados por las derrotas socioeconómicas infligidas por esas élites que les desprecian, les hicieron creer que los «ladrones peronistas» enterraban dinero mientras desaparecían 44 mil millones de dólares que obtuvieron del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Las políticas aplicadas por CFK fueron calificadas de «proteccionistas» cuando se trataban de programas de asistencia social con múltiples subsidios. Durante su mandato, los propietarios del campo, los grandes medios de comunicación y las instituciones financieras internacionales, que han vivido del erario público, cuestionaron su «engrosamiento del gasto público».

A CFK se le criticó su acercamiento a los dirigentes de izquierda que entonces gobernaban en Brasil, Ecuador, Bolivia y Venezuela, tildándola de «populista». Pero conviene señalar que siempre el discurso en su contra ha tenido matices altamente clasistas y con rasgos de aporofobia.

La pobreza extrema persiste como realidad en Argentina, sin embargo, la aporofobia y el odio de clases ha tildado de «populismo» la atención que el kirchnerismo dio a estos sectores (Foto: Archivo)

A manera de ejemplo, conviene recordar que durante el gobierno de Mauricio Macri, el odio anti-K y sus componentes abiertamente clasistas se convirtieron en arietes políticos por los cuales se logró desmantelar un programa nacional de acompañamiento de la madre y el recién nacido llamado «Qunita». Allí los poderes político, mediático y judicial se concentraron en procesar denuncias basadas en fake news hechas por la diputada macrista Graciela Ocaña, de Juntos por el Cambio. A partir de mentiras surgidas de las redes sociales, los medios hegemónicos instalaron el tema en agenda y el juez Bonadio, prócer del lawfare, procesó a una veintena de exfuncionarios y ordenó «incinerar» las cunas argumentando que los «materiales» eran «perjudiciales para la salud de los niños».

El plan fue desmantelado y desde 2016 hasta 2021 la tasa de mortalidad infantil volvió a subir en Argentina. Seis años después, un Tribunal confirmó que no existió ninguna irregularidad.

UNA RED DE REDES CREANDO LA TORMENTA PERFECTA

Se trata de una red de ideología, medios y tecnologías de comunicación que se ha incubado en un contexto político-ideológico marcado por una creciente intolerancia y el autoritarismo político.

En una entrevista a MDZ Radio, el sociólogo Luis Alberto Quevedo definió el odio como «un modo de organizar el campo social para volverlo inteligible», es decir, una simplificación que hace más fácil leer la realidad, los hechos y la comprensión de los mismos. «Alguien hace tal cosa porque juega en tal equipo».

El odio permite focalizar un enemigo simplificando la política y calificarlo como el origen de todos los males. A ello se suma la brutalización del pensamiento con la que, para evadir toda complejidad, se reduce todo a un maniqueísmo imperante. Lo más reciente que ha percibido es que la palabra del odio se ejerce como «una palabra de la que no me tengo que avergonzar», esto implica que una determinada identidad política se asume porque se odia a un cierto enemigo. Así ocurre en el «cara a cara», pero también en las redes sociales y, mucho más, en los medios de comunicación.

De allí la emergencia de un nuevo tipo de autoritarismo en el que «hay muy poca gente que realmente se interesa por la complejidad de la política, con todos sus matices. Esos grises hacen a la riqueza de la política». Otro elemento presente es el empaquetamiento de las ideas condicionado por redes sociales como Twitter, que es donde transcurre el debate público simplificado en 280 caracteres y «habilita mucho las palabras del odio porque es destruir al otro en una frase».

Agrega Quevedo que es un espacio que «se presta mucho para el debate sin desarrollo, las ideas cortas y la simplificación de los eslogans. Le viene bien la política del odio».

La instauración de una retórica de «ellos o nosotros», que ha sido parte del discurso de la derecha opositora en Argentina, ha permeado en la sociedad profundizando la polarización, el desconocimiento del otro y ha acrecentado la crispación social, pues esta narrativa propone una lucha frontal donde unos deben prevalecer sobre los otros.

Argentina atraviesa una compleja situación económica generada por la pandemia de la covid-19, el conflicto en Europa y el endeudamiento del país por parte de la administración Macri. El magnate contrajo un compromiso con el FMI de 45 mil millones de dólares, además de otros con acreedores privados (fondos buitres) que elevaron ese monto a 100 mil millones y colocaron a esta nación en un complejo escenario económico.

Además, el actual gobierno de Alberto Fernández ha enfrentado la especulación, las corridas bancarias y la creación de incertidumbre estimulada por los medios corporativos.

Tales circunstancias de irritación en la sociedad han sido aprovechadas por grupos políticos para instar a agredir a dirigentes políticos y recurrir a otros métodos violentos que se han intensificado como parte de la «tormenta perfecta» que busca crear el antikichnerismo para llevar la guerra simbólica a un nuevo nivel.

En julio pasado, un grupo de personas vinculadas a la derecha llegó a las proximidades del Instituto Patria y realizó amenazas de muerte contra CFK y los funcionarios presentes, además de lanzar basura, patear las puertas de la misma y lanzar proclamas como «Cristina, ahora te toca la horca, es el único camino para deshacernos de ti. Lo haremos acá o delante del Senado». Además, llamaron a las Fuerzas Armadas a «definirse» y usar ametralladoras para «liquidar» a los seguidores del kirchnerismo.

Por su parte, el exmilitar y político Aldo Rico, uno de los organizadores de los levantamientos carapintadas en 1987 y 1988 contra la presidencia de Raúl Alfonsín (1927-2009), instó a esas mismas Fuerzas Armadas a desconocer al gobierno de Fernández y estar preparadas para actuar en su contra, diciendo:

«Cuando la Patria está en peligro todo es lícito, menos dejarla desaparecer o perecer. Les pido que se pongan de pie, recuperen su autonomía intelectual y política, se unan, se organicen y establezcamos un adecuado enlace. Tenemos que estar al lado de nuestras Fuerzas Armadas y el Ejército».

Más reciente fue el accionar violento de la Policía de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) contra los manifestantes, dirigentes y organizaciones sociales que se hicieron presentes en el domicilio de CFK para darle muestras de apoyo por el pedido de 12 años de prisión y proscripción perpetua para cargos públicos.

El antiperonista Horacio Rodríguez Larreta, jefe de gobierno de la CABA, dispuso desplegar un operativo policial con vallas que impedían la libre circulación en las inmediaciones del domicilio de la vicepresidenta de la Nación y, lejos de aportar tranquilidad, generó un clima de provocación, inseguridad e intimidación que derivó en violencia y dejó como saldo unos cuatro manifestantes detenidos y un herido con lesiones cortantes en su cabeza.

El ascenso del fascismo que subyace a los DDO en diversas regiones del mundo es un tema preocupante debido a que su estructuración o arquitectura se está anclando al Poder Judicial (vía lawfare), los medios de comunicación y redes sociales.

Se aprovecha de las mismas frustraciones que el autoritarismo dogmático neoliberal impone en las clases profesionales y trabajadoras para moldear su imaginario en contra de los sectores que el mismo neoliberalismo excluye del bienestar socioeconómico. El caso argentino es tristemente ejemplar, justamente por promover una furia social desbocada cuyos únicos beneficiarios son precisamente la alta clase económica empresarial, mediática y judicial.

Estos sectores altamente acomodados y reaccionarios que promueven al odio como respuesta social, en medio de su ímpetu parecen desestimar el desenlace de un probable desbordamiento que podría desatarse en medio de una gran conmoción.

Tal es la intención de agitar las aguas, que horas luego del fallido magnicidio contra la funcionaria, dirigentes de la derecha banalizaron el evento, e incluso los medios Clarín y La Nación (ésta propiedad, en parte, de Macri), publicaron manuales gráficos explicativos sobre el «uso correcto» de un arma de fuego y cómo lograr que una bala entre en la recámara. Por contexto, estos actos entran en el marco de una instigación.

Tomado de Misión Verdad / Foto de portada: Alejo Manuel Ávila / Zuma Wire.

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