Herederos del silencio

Por Liset García.

Aplastada la República Española al concluir la Guerra Civil (1936-1939), cualquiera que oliera a “sospechoso” de ser republicano (los llaman rojos todavía hoy) era sometido a un ambiente de terror, de miedo e incertidumbre, y también sufría persecución, tortura y asesinato; así se recuerda al franquismo más de 80 años después en historias contadas en el libro Paterna, la memoria del horror.

“Con todo lo que yo he visto llorar a mi madre, ni olvido ni perdono. No se ha hecho justicia ni reparación, para eso tendrían que limpiar los expedientes y pedir perdón…”.

“Mi padre no contaba demasiado, ese era su trauma. Él tenía 9 años cuando encarcelaron a su padre, encarcelaron a su tío y a su abuelo. Entonces todas las mujeres de la familia se unieron como una piña, eran cinco mujeres adultas ayudándose en todo. Ellas son las heroínas…”.

“A mi bisabuela Presenta le quitaron la casa y se la dieron al terrateniente que denunció a mi bisabuelo”. Ella tenía “50 años cuando lo fusilaron y ya vivió siempre de luto y con penurias económicas debido a la multa que le impuso el régimen de Franco de 600 pesetas, una fortuna para la época”.

“Cuando mi abuela le llevaba la ropa a la cárcel a su marido, la que traía para lavar estaba llena de sangre. Un día sacó a mi abuelo escondido en un fardo de ropa. Como mi abuelo tenía miedo a las represalias sobre su familia, se entregó y entonces fue cuando lo fusilaron. En su última carta le decía: Casimira, no tengas vergüenza de nada, ve con la cabeza bien alta”.

“Cuando fusilaron a nuestro padre el mayor de los hermanos tuvo que huir a Francia. Mi madre se hizo cargo de siete hijos pequeños, una tía ciega y el abuelo… Mientras vivió nuestra madre, nunca fuimos a Paterna ni supimos en qué fosa estaba nuestro padre. Si preguntábamos por él, mi madre nos decía ‘Niña calla’”.

Los testimonios de Teresa Llopis Guixot, Encarna Tarín Martínez, Natalia Pardo Conejos, las hermanas Olga y Mariángeles Utiel Durán, las primas Lola Lacruz Novejarque y Gloria Lacruz León, y de muchas otras mujeres han marcado la vida de la fotoperiodista Eva Máñez. Su pasión por contar la ha llevado al camino de la investigación, del compromiso frente a la impunidad que todavía sufren las víctimas del franquismo, a hacer público su dolor que, si bien no alcanza para hallar la justicia, sirve para aliviar el peso por tanto callar.

Fue apenas en 2016 cuando descubrió ese mundo oscuro y totalmente desconocido. Un mundo que había sido condenado al silencio. Siguiendo su instinto de búsqueda ha develado esas historias de miedo en textos periodísticos, publicados en su natal Valencia, y también en exposiciones y en el libro Paterna, la memoria del horror, presentados hace poco en La Habana.

El dolor sigue martillando a Josefa Almerich Pérez, aunque haya recuperado los restos de su padre y pueda darle una digna sepultura.
Para su sorpresa estaban saliendo de la oscuridad 80 años después, de la mano de sus familiares, aquellas tristes vivencias de quienes sufrieron el sacrificio de la República en la Guerra Civil española, el conflicto más sangriento que Europa occidental conoció entre las dos guerras mundiales.

La masacre que sobrevino después en muchas regiones de esa nación reservó para Valencia la “suerte” de reunir en un rincón llamado Paterna numerosas fosas comunes donde se amontonaron los cuerpos nunca olvidados, que ahora están siendo rescatados.

Los descendientes se han organizado en la Plataforma de Asociaciones de Familiares de Víctimas del Franquismo, en la Asociación para la Recuperación de la Memoria Democrática, y otras, que han estudiado palmo a palmo ese terreno y logrado exhumar e identificar a muchas de las víctimas del terror instaurado por Francisco Franco, y que duraría cuatro décadas. Trasladarlas a sitios donde se pueda honrar su memoria, es el mayor anhelo de todos.

Gracias a que testigos sobrevivientes de aquella masacre comenzaron a sacarla a la luz tras muchos años sin decidirse a decir una palabra, porque entonces hablar era sinónimo de muerte, solo en Paterna se han documentado más de 2 000 cuerpos.

¿A qué podría deberse tal atrevimiento?, se ha preguntado Eva Máñez varias veces. ¿A la necesidad de hacer justicia? ¿A compensar el dolor por tanta muerte innecesaria? Encontrar esas respuestas la siguió llevando más allá del relato, a recuperar la memoria que yace junto a cada víctima y a restituir su dignidad.

La minuciosa labor de los antropólogos permite preparar el material identificativo de cada uno de los cuerpos hallados que se somete al proceso de ADN.
Los verdugos que descargaron sus fusiles y desparramaron el horror en los muros de Paterna, que luego dispararon el llamado tiro de gracia en medio de la frente de sus víctimas para rematar sus pensamientos y enterrarlos para siempre, no lograron borrar lo que ellos significan para el pueblo español. Como escribe en el prólogo del libro la historiadora Esther López Barceló, la memoria es mucho más obstinada y poderosa que el olvido.

Entre las 100 mujeres testimoniantes que Eva Máñez reunió, hay varias que son miembros de esas asociaciones que coordinan con esfuerzo y paciencia las excavaciones y exhumaciones para llegar hasta cada uno de sus familiares. Las ayudan los integrantes de la Asociación Arqueológica Arqueoandro, pero no cuentan con un banco público de ADN ni con otras facilidades.

“Ninguna de las historias es mejor o más sobresaliente, tampoco se parecen. Pero tienen en común la represión absurda, el desgarramiento, el nudo en la garganta que se te hace cuando oyes cada palabra”, confesó la autora.  

El libro es apenas, como ella dice, un ladrillito más para adoquinar el camino hacia la verdad oscura y silenciada de la represión franquista, y también hacia la justicia y la reparación que la sociedad española tanto necesita.

Tomado de Bohemia.

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