Saberse cubano

Por Michel E. Torres Corona.

En palabras de Fernando Ortiz: «En la cubanidad hay algo más que un metro de tierra mojado por el primer lloro de un recién nacido, algo más que unas pulgadas de papel blanco marcadas con sellos y garabatos simbólicos de una autoridad que reconoce una vinculación oficial, verdadera o supositiva». Nacionalidad más allá de la ciudadanía, vínculo humano e histórico más allá del vínculo jurídico.

En términos más poéticos aún, resumiría a la cubanidad como una «condición del alma», un «complejo de sentimientos, ideas y actitudes», y establecería una distinción entre lo que pudiéramos llamar cubanidad y lo que sería, a su juicio, la cubanía. Esta última sería una suerte de estadio superior, una asunción plena y consciente de la particular esencia del cubano en el entramado mayor de la especie humana: cubanidad sentida y deseada, responsable; cubanidad forjada en la fe, la esperanza y el amor.

El patriotismo, que vendría a ser una forma genérica de la cubanía, ha sido por estos días tema de ardua discusión en las redes digitales, en esa burbuja que encierra una parte de nuestra sociedad. El hecho de que ese patriotismo, esa cubanía, hoy se halle menoscabada es algo que pudiéramos entender como insertado dentro de una crisis cívico-moral, una crisis de valores, mucho más profunda, y que se remonta a la década de los 90, aquellos años difíciles del periodo especial que no solo trajeron precariedad, sino también pérdida del sentido de futuro.

No es algo nuevo. Fernando Martínez Heredia lo afirmaba hace casi diez años: «Un pueblo que tenía un enorme aprecio por su historia y la consideraba parte muy importante de su ser nacional, rasgo que a partir de 1959 fue potenciado a un grado altísimo por sentimientos y convicciones revolucionarios masivos, un pueblo que fue escolarizado y dio un salto colosal en sus niveles educacionales en solo 30 años, ha visto disminuir sus conocimientos y su interés por la historia nacional a un grado realmente alarmante. Advierto dos causas principales de ese hecho, diferentes entre sí. Una es el grave deterioro de nuestro sistema escolar, dentro del cual el de la Historia sería un caso, y la otra es la apreciable disminución del orgullo de ser cubano. Esta última es la peor, porque afecta uno de los pilares básicos de las capacidades de resistencia, combate, sacrificios, desarrollo como seres humanos, patriotismo e internacionalismo que han asegurado la fuerza y la permanencia de Cuba soberana y socialista frente a tantas dificultades, carencias y errores, y frente a Estados Unidos, que es el mayor enemigo de Cuba y de la humanidad».

En el contexto actual, con un alza muy dolorosa de emigración y en momentos de incertidumbre económica, es comprensible que haya cubanos que decidan buscar mejor fortuna en otros lares. Lo que sí es imperdonable es que esos cubanos abjuren de su historia, que es nuestro pasado en común; lo que sí es triste y patético es que renuncien a sus «cubanismos», que adopten sin ambages otra idiosincrasia, y, más penoso, que vuelquen sus más pérfidos sentimientos hacia esa comunidad histórica que les sirvió de seno materno. Peor aún es que haya cubanos en esas mismas condiciones que no se han ido a ninguna parte, que están aquí: evidentemente, nadie es patriota por quedarse (parafraseando a Galeano).

Pero esa pérdida de cubanía, de plenitud en la cubanidad, no es algo que podamos conectar de manera exclusiva a los avatares del presente. Es un fenómeno tan viejo como nuestra misma nacionalidad, y así lo dictaminaría Fernando Ortiz, al que volvemos en el final:

«Hay cubanos que, aun siéndolo con tales razones, no quieren ser cubanos y hasta se avergüenzan y reniegan de serlo. En estos la cubanidad carece de plenitud, está castrada. No basta para la cubanidad plena tener en Cuba la cuna, la nación, la vida y el porte; aun falta tener la conciencia. La cubanidad plena no consiste meramente en ser cubano por cualesquiera de las contingencias ambientales que han rodeado la personalidad individual y le han forjado sus condiciones; son precisas también la conciencia de ser cubano y la voluntad de quererlo ser».

Como Martí, decimos que el hombre verdadero no mira de qué lado se vive mejor, sino de qué lado está el deber; y nadie puede decir que Martí no es una de las raíces fundamentales de la condición cubana. En clave de Derrida, injertando lo mejor del mundo, la cubanidad y la cubanía no son herencias: son una tarea. Y a los que nos sentimos patriotas, a los que cumplimos con ese deber de sabernos cubanos, nos toca hacer que ese proyecto de nación seduzca a la mayoría, nos toca luchar porque esa condición plena de cubanidad, esa cubanía, no sea atributo de unos pocos. Para ello, no basta con volcarnos al pasado: hay que, necesariamente, reinventar el futuro, rescatar esa promesa que aún hoy sigue siendo la Cuba revolucionaria.

Tomado de Granma / Foto de portada: Ariel Cecilio Lemus.

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