¿Colombia y Venezuela necesitan volverse «aliados políticos»?

Por Franco Vielma.

La elección de Gustavo Petro como presidente de Colombia e igualmente de su compañera de fórmula como vicepresidenta, Francia Márquez, es, sin duda, un hito político en este país, sobre todo si se considera el prolongado ciclo de gobiernos conservadores de derecha que tomaron forma de casta política desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, en 1948.

Este evento resignifica el cuadro político regional por muchas razones. La irrupción de esta corriente de izquierda moderada ayuda significativamente al cambio de mapa regional y abre posibilidades geopolíticas inéditas en las últimas décadas, pues Colombia ha sido claramente un sólido bastión del tutelaje estadounidense en Sudamérica.

La política exterior que desplegará Gustavo Petro no será antagónica a Estados Unidos. Ese es un elemento que debe darse por sentado, visto desde el plano de las declaraciones. Pero ante tal viraje político en Colombia surgen preguntas sobre el tipo de relaciones que este país tendrá con Venezuela.

El país chavista, integrante de la satanizada «troika de la tiranía» y llamado por otros como «dictadura revolucionaria», es un inevitable punto de referencia pese a tantos calificativos absurdos, por ser país fronterizo, por algunas afinidades ideológicas entre Petro y Nicolás Maduro, e incluso por ser Venezuela un factor vinculante a la vida de Colombia y viceversa.

El escenario de relacionamiento abre muchas preguntas, incluyendo una que genera expectativas en los flancos de la lateralidad política regional. ¿Necesariamente debe haber un «hermanamiento» o «alianza» entre los gobiernos de los dos países? En realidad, no.

Lo ideal sería que sí, pero no necesariamente debe haber tal cosa y, además, es casi seguro que tal cosa no ocurra. El mejor escenario dentro de lo actualmente posible por las condiciones precedentes es que Colombia se retire de la agenda de hostigamiento, cerco y asfixia multifactorial contra Venezuela. Y ya eso sería más que suficiente para desescalar las tensiones acumuladas.

Coordenadas mínimas para una idónea relación entre Colombia y Venezuela

De acuerdo a las inercias precedentes y dentro del más elemental pragmatismo, el gobierno de Gustavo Petro podría considerar apenas cinco puntos para zanjar una política eficaz con respecto a Venezuela, dentro de un marco progresivo y desde las posibilidades actuales.

1. Política binacional de seguridad

Este es un asunto complejo para Colombia, pues es multidimensional. Petro debe necesariamente articular una política de seguridad conjunta con Venezuela y dar al traste con la idea de que Venezuela no está allí o que no existe, tal como quedó sentado por la vía de los hechos mediante el fin de la colaboración intergubernamental en esta materia, que se consumó de maneras graves en el gobierno de Iván Duque favoreciendo la profundización de las amenazas a la seguridad de ambos países.

Una política de seguridad conjunta, cuyo fin es construir un marco integral de seguridad fronteriza para contener la construcción de un Estado difuso en la frontera y degradar el narcoterrorismo, que es una inercia histórica de Colombia que sigue permeando hacia el lado venezolano.

La complejidad de esto para Petro reviste en que su país debe recuperar una soberanía elemental en materia de seguridad interna, pues esta se encuentra bajo tutelaje estadounidense.

En otras palabras, y en lo que concierne a su vecino, Colombia debe dejar de ser un portaaviones contra Venezuela, debe renunciar a ser una base de operaciones para la desestabilización en Venezuela, no debe ser un lugar de organización de magnicidios y no debe aupar más campamentos mercenarios para su despacho a Venezuela.

La multidimensión del complejo problema de la seguridad interna de Colombia se basa de manera central en consolidar su paz interna. La paz de Colombia concierne también a Venezuela por la expansión de su conflicto al lado venezolano.

2. Relaciones económicas civilizadas y elementales

Venezuela y Colombia no necesitan un «hermanamiento» económico, por ahora solo necesitan el mínimo de relaciones básicas en esta materia y esto parte de dispensas muy simples, como la devolución de lo robado a Venezuela.

La referencia va a la empresa estatal venezolana Monómeros Colombo-Venezolanos, en manos del gobierno colombiano y algunos séquitos del uribismo, quizá para garantizar el acceso a la urea a beneficio de la estructura del narcotráfico. Este robo se efectuó en complicidad con el «gobierno» fabricado de Juan Guaidó mediante una sociedad político-criminal de pillaje sobre bienes soberanos de Venezuela fuera del país en la que Iván Duque fue un actor clave.

Seguidamente, el comercio binacional debe reactivarse en condiciones de normalidad y bajo arbitraje y regulación intergubernamental, tal como es lógico que deba ocurrir en países con una gran frontera conjunta y con relaciones comerciales de muy vieja data.

El cerco económico a Venezuela es un adefesio histórico a la vida de ambos países y fue Colombia el que decidió practicarlo. Por eso Colombia debe desistir.

3. Regreso a la diplomacia

Petro no necesita a Maduro como «aliado» y mucho menos Maduro necesita a Petro de igual manera. Hay que hacer esas salvedades, pues mediante la política de cerco contra Venezuela de la Administración Trump se impuso una fórmula maniquea de relacionamiento a escala regional.

Durante estos últimos años, cualquier país que sostuvo relaciones diplomáticas con Venezuela fue considerado «aliado» de Maduro, cuando en realidad transcurrían relaciones elementales dentro del marco del derecho internacional vía Convención de Ginebra.

En otras palabras, no reconocer a Guaidó y no aceptar a sus embajadores fake era un desacato al Departamento de Estado y «aliarse» con Maduro. ¡Qué espantajo político!

Esa fórmula maniquea de relaciones internacionales se resquebrajó de facto. La agenda del gobierno paralelo en Venezuela fracasó de manera estrepitosa, y en términos estrictamente pragmáticos, Petro no necesita continuar el reconocimiento al fallido Guaidó y prolongar la pesada herencia del uribismo en sus relaciones con Venezuela.

Por otro lado, es necesario reanudar relaciones diplomáticas y consulares, las vías de comunicación institucional y la mediación de temas relevantes, como la gran migración histórica de ciudadanos de ambas nacionalidades entre ambos países, entre otros tantos. Ello no refiere una «alianza»; en realidad se trata de relaciones elementales mínimas entre países civilizados.

4. Ambos países en la escena internacional

No sabemos exactamente cómo será la agenda internacional de Petro. Puede que nada cambie o puede que relance una nueva Alianza Pacífico en un formato woke-progre junto a Boric. No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que no se unirá al ALBA-TCP y eso, en el punto actual, es irrelevante.

Pero es evidente que puede hablarse ahora de «puntos comunes» entre los mandatarios de ambos países, en temas relevantes para la región.

En los hechos, Colombia, debido a su herencia de vasallo, no es un «hacedor de política», en cambio Venezuela sí lo es y su radio de presencia abarca al ALBA-TCP y más allá, en una esfera ampliada de relaciones que ha aglutinado al progresismo en gobiernos, en coaliciones de gobiernos y en fuerzas sociales vivas. Hay dos ángulos para la interlocución política y, quizás ahora, ambos países necesiten afianzar sus vínculos en varias direcciones sin ser antagónicos entre sí.

Un mínimo de pragmatismo entre los dos países puede dar al traste con el historial nefasto del uso de la diplomacia colombiana para detonar en foros internacionales reacciones recalcitrantes y/o excluyentes contra Venezuela. Ejemplo, el rol de Colombia en la Organización de Estados Americanos (OEA), por nombrar solo un caso reiterado, y la IV Cumbre de las Américas, donde Colombia atizó a favor de la exclusión de Venezuela. Colombia debe desistir de continuar este historial.

A menos que el gobierno de Petro se sume a una agenda del Departamento de Estado para «flanquear a Venezuela por la izquierda», lo ideal para ambos países sería un marco de nuevas relaciones mínimas de respeto y colaboración desde sus «afinidades» en la escena regional.

5. Ya no es necesario hablar tanto de Venezuela. Las palabras «Venezuela» y «Maduro» son quizás de las más repetidas por medios y políticos colombianos en los últimos años de maneras desquiciantes. La campaña adversa a Petro no estuvo exenta de ello, valga aclararlo. Han sido palabras claves para desarrollar toda una estrategia narrativa que ha legitimado no solo desmanes contra Venezuela (como el bloqueo y el coqueteo con la guerra), también fueron usadas para estigmatizar la propuesta de cambio político del mismo Petro.

Esas palabras claves, ya fijadas de manera peyorativa en el imaginario de los colombianos, no van a desaparecer. Seguirán en el tapete gracias a los medios de comunicación de siempre y ahora por los dirigentes de la nueva oposición de Colombia.

Para el gobierno de Petro conviene ahora una suspensión de «la política de micrófono» que ha predominado durante estos años. En Venezuela no necesitamos que nos nombren para bien. Más bien estamos hartos de que nos nombren de cualquier manera (que suele ser negativa). En Venezuela no necesitamos ayuda, con que nos dejen en paz basta y sobra.

Lo anterior refiere un regreso a la sobriedad en el terreno de las declaraciones. Esta brilla por su ausencia en la Casa de Nariño desde los primeros años del primer gobierno de Álvaro Uribe, y quizás haya ahora oportunidad para el retorno de dicha sobriedad.

Además, quizás a Petro no le convenga asumir una narrativa reiterada y de desgaste, ni le convenga ser arrastrado por sus adversarios a esa arena de la opinión pública, pues podría salir perjudicado y aquí sí hablamos de las necesidades del nuevo gobierno de Colombia. Petro lidiará un contexto comunicacional adverso que no podrá mediar complaciendo las tendencias dominantes en los relatos.

Si acaso Petro necesitara verse como sujeto creíble como demócrata y tuviera que intentar amañar a la opinión pública hablando mal de Maduro, estará perdido, pues alejará a algunos sectores que lo apoyan, desgastará su discurso en reiteraciones que ya capitalizó el uribismo y además seguirá facilitando tensiones con Caracas de manera innecesaria.

Como ya mencionamos, si Petro decide no acatar una agenda del Departamento de Estado norteamericano para seguir cercando a Venezuela, su estrategia para recuperar las relaciones binacionales debe ser circunspecta en todas sus dimensiones. En la política de micrófono, no arengar y dejar al chavismo en paz sería un gran avance y, además de ello, proponer un uso constructivo de las declaraciones dentro de lo estrictamente necesario.

Tales condiciones mínimas para desescalar el estado tan deteriorado de relaciones solo puede abrir paso a nuevas oportunidades y puntos de encuentro dentro de las claras diferencias entre los mandatarios. Solo desde este punto es posible labrar nuevas condiciones de confianza.

 

Tomado de Misión Verdad/ Foto de portada: Telam.

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