La Crisis de Octubre en la geopolítica hemisférica: Lecciones a la luz de los reacomodos del presente

Por Hassán Pérez Casabona.

En el otoño de 1962, exactamente en octubre, un acontecimiento estremeció las bases del sistema de relaciones internacionales que emanó tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.

La denominada Crisis de los Misiles, Crisis de Octubre o Crisis del Caribe, puso en jaque a los dos actores principales de dicho entramado, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y los Estados Unidos, desde la perspectiva de un enfrentamiento que encontró vórtice en un pequeño archipiélago del Caribe.

No se puede entender lo que acaeció en aquellas jornadas en que la humanidad estuvo a punto del holocausto, 60 años atrás, sin que se asuman con claridad una serie de aspectos que, de manera previa, actuaban como pilares del orden internacional establecido tras la conflagración bélica mundial finalizada en 1945.

La victoria sobre el nazismo, cuya heroicidad mayor correspondió al Ejército Rojo y el pueblo soviético, supuso para muchos la posibilidad de que, ante el desgarramiento inconmensurable producido por esa guerra, se tomara conciencia de no repetir nunca más ese escenario. Ello, a la larga, fue solo una ilusión, con independencia de hechos a todas luces alentadores como la adopción de la Carta de San Francisco y la creación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Entre la URSS y los Estados Unidos, aliados tácticos en el epílogo de la gesta militar, existían enormes diferencias, en todos los órdenes, las cuales, lejos de atenuarse bajo el efecto generado por la cooperación, tardía y limitada, en el enfrentamiento contra las hordas hitlerianas, se acentuaron una vez concluyó aquel evento telúrico.

Estados Unidos, más allá de la alharaca propagandística en favor de la distención, no tenía la voluntad de aceptar a la URSS como potencia y establecer con ella un cuerpo de relaciones armónicas que dejara a un lado las divergencias entre ambos en los más variados ámbitos.

La élite política estadounidense estaba atormentada ante lo inevitable de lidiar, por vez primera, no únicamente con la experiencia aislada que significó la Revolución de Octubre en 1917, sino con la articulación del sistema socialista que, bajo la influencia de Moscú, se diseminaba por el este de Europa y propalaba su ascendencia en disímiles latitudes.

La monstruosidad de los bombardeos a Hiroshima y Nagasaki, a solo tres meses de la capitulación germana, tuvo también la pretensión de intimidar a la URSS, con el mensaje de que Washington había desarrollado el arma atómica y que, a partir de la exclusividad en su tenencia y la disposición a usarla si así lo estimase, estaba en una posición privilegiada e incuestionable, como piedra angular del mundo que emergía.

A esto se une –no puede soslayarse– la bonanza económica que experimentaba ese país, cuyo territorio no fue devastado como el de las naciones del Viejo Continente; el hecho incontrastable de que poseía para la fecha alrededor del 80% de las reservas de oro, a escala universal, y que diseñara una arquitectura financiera en su favor, la cual cimentó mediante los acuerdos de Bretton Woods y la irrupción en el panorama contemporáneo del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM).

La paranoia hacia la URSS, que irrumpía agigantada por su hazaña militar, y la sempiterna manera de asumirse la élite política estadounidense desde una supuesta excepcionalidad mesiánica y una especie de mandato divino para operar a su antojo en todo el orbe (pensamiento y modos de actuación en que convergen cuestiones ideológicas, culturales y religiosas), fungieron como detonantes para que, con impresionante velocidad, se trabajara desde lo doctrinal en elaborar un posicionamiento teórico que garantizara a EE.UU. contener, en todos los planos, la preeminencia creciente de la URSS.

Todo ello, al mismo tiempo que la clase dominante de EE.UU. se cuestionaba la manera en que procedió durante la Segunda Guerra Mundial, considerando que hubo improvisación, falta de visión estratégica y comportamiento reactivo (González, 2003).

El debate generado al respecto derivó en que se asumiese la necesidad no solo de producir una reestructuración a nivel gubernamental, sino que, lo cual es aún más importante, se decidiese integrar, desde una dimensión cualitativa superior, cuestiones sustantivas como las temáticas de defensa, economía, inteligencia y relaciones internacionales. Se vertebraba así, para nunca más apartarse del borde delantero de los análisis, la seguridad nacional como dimensión teórica y práctica de mayor jerarquía, en tanto fusionaba asuntos que hasta ese momento se habían asumido de manera dispersa y fragmentada.

La adopción de la National Security Act, el 26 de julio de 1947, y la creación del Consejo de Seguridad Nacional (NSC, por sus siglas en inglés) y la Agencia Central de Inteligencia (CIA), serían las expresiones cimeras, en este sentido, de la naciente madeja institucional que se ocuparía en lo delante de tales cuestiones.

El basamento doctrinal sobre el que se erigió la Guerra Fría, por otro lado, fue resultado igualmente de un intenso proceso deliberativo, a diferentes instancias, encaminado a configurar un marco amplio y totalizador desde el cual impulsar la supremacía estadounidense a partir de una perspectiva integral (Winckler, 2000).

En esa línea poseen la mayor jerarquía el famoso “telegrama largo” (The Long Telegram) de George Frost Kennan, enviado desde Moscú a las nueve de la noche del 22 de febrero de 1946; el discurso de Winston Churchill sobre la cortina de hierro (The Iron Curtain) pronunciado en Westminster College, Missouri, 5 de marzo, 1946; el reporte Clifford-Elsey, presentado al presidente Harry Truman el 24 de septiembre de 1946 bajo el título “American Relations with the Soviet Union”; la doctrina Truman, expuesta ante el Congreso el 12 de marzo de 1947; el Plan Marshall (The European Recovery Program), divulgado por George Marshall el 5 de junio de 1947 en la Universidad de Harvard; el artículo “The Sources of Soviet Conduct”, publicado por el propio Kennan bajo el seudónimo de Mr. X en Foreing Affairs en julio de 1947, y la directiva NSC-68 del Consejo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (United States Objectives and Programs for National Security), promulgada el 14 de abril de 1950 (Acosta, 2015).

En el primero de ellos se afirmaba que “(…) tenemos ante nosotros una fuerza política que cree, fanáticamente, en la imposibilidad de coexistencia pacífica con los Estados Unidos (…); que desea que nuestro modo tradicional de vida sea destruido, y a pesar de ello, tengo la convicción de que la solución del problema soviético está en nuestras manos, sin necesidad de llegar a un conflicto militar generalizado. El poder soviético no asume riesgos innecesarios; se retira cuando encuentra resistencia” (Kennan, 1983).

Desde todas las ópticas, a partir de la construcción del enemigo, se trabajaría por desacreditarlo y satanizarlo, como cuestión impostergable en aras de consumar los objetivos estratégicos que se planteaban.

En esa dirección se combinarían los esfuerzos y acciones. Se afirmaría así lo mismo que “desde Settin, en el mar Báltico, a Trieste, en el mar Adriático, ha caído una cortina de hierro a través de todo el continente. Detrás de esa línea se encuentran todas las capitales de los antiguos Estados de la Europa central y oriental (…). Todas estas ciudades famosas y sus poblaciones permanecen en lo que yo llamo el área de influencia soviética, y todas ellas están sujetas, de una u otra forma, no solo a la influencia soviética, sino a un elevado y en muchos casos creciente control desde Moscú” (Churchill, 1991). O que “esto es simplemente reconocer con franqueza que los regímenes totalitarios impuestos a los pueblos libres, por agresiones directas o indirectas, socavan los fundamentos de la paz internacional y, por tanto, la seguridad de los Estados Unidos” (Truman, 1968).

II

En un contexto donde la pugna entre Este y Oeste estaba ya totalmente planteada en lo formal, y desplegada en los entornos más insospechados en cada geografía, se produce el triunfo de la Revolución cubana el primero de enero de 1959.

No es posible realizar en estas breves líneas un análisis pormenorizado acerca de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba desde finales del siglo XVIII. Bastaría decir que existe suficiente evidencia histórica que demuestra cómo los padres fundadores de aquella nación, aun antes de que se convirtiera en Estado moderno a partir de 1776, dejaron plasmada con claridad la codicia sobre la mayor de las Antillas (Forner, 1973), de igual manera que desde Cuba –aspecto que suele ser ignorado por no poca de la literatura estadounidense– se proveyó apoyo, en una variada gama, al proceso independentista que libraban las Trece Colonias contra la metrópolis británica (Torres-Cuevas, 2018).

A lo largo del siglo XIX, al menos en seis oportunidades, intentaron comprar a España esa posesión. La política de la fruta madura de John Quincy Adams señalaría, sin ambages, que la isla caribeña estaba obligada a caer bajo el dominio norteño, tal como se desprende hacia el suelo un fruto maduro, y, lo que es menos divulgado, que ese proceso cuajaría en el entorno de 50 años a partir de tal planteamiento, en 1823 (Guerra, 2008).

Ese mismo año, la doctrina Monroe, primera gran elaboración conceptual en política exterior de los Estados Unidos, lanzaría un mensaje retador a las potencias europeas, con independencia de que estuvieran o no en capacidad para hacerlo cumplir, en cuanto a que América solo podía ser asumida desde el tutelaje estadounidense.

En el caso cubano, el despliegue de las garras imperiales se produciría a partir de 1898, con la intervención en la guerra que se libraba contra España desde hacía 30 años. Lo hicieron bajo el encuadre de la doctrina Mahan y la certeza de que había llegado el momento de presentar cartas credenciales, ante el resto de los actores, para que se aceptara que los estadounidenses estarían a la vanguardia en el concierto internacional del siglo XX que estaba a punto de mostrar su rostro.

Bajo el pretexto de la voladura del acorazado Maine, Estados Unidos vio coronada su vieja aspiración de levantarse como potencia incuestionable en el mundo. De ahí la enorme significación que tuvieron esos acontecimientos, desde la óptica geopolítica. En la misma medida en que, como planteó Lenin con agudeza, la irrupción estadounidense en esta contienda la convirtió en la primera guerra imperialista de la historia, habida cuenta de que para ese momento estaba totalmente definido el paisaje económico norteño, lo que el genial pensador y revolucionario ruso catalogaría años más tarde como la última fase del desarrollo capitalista.

En lo inmediato a 1959, la doble administración de Eisenhower apoyó, por todos los medios, a la tiranía de Fulgencio Batista (Alzugaray, 2008). Solo se desmarcaría de esa postura, como ha ocurrido en no pocas ocasiones en otros escenarios, en los estertores de quien diera un golpe de Estado el 10 de marzo de 1952. Al percatarse de la inevitabilidad del derrocamiento del sátrapa, a partir de la vigorosa ejecutoria guerrillera en la Sierra Maestra y el creciente accionar de distintas fuerzas en las ciudades, el mandatario yanqui intentó buscar una variante que impidiera el ascenso definitivo de las fuerzas revolucionarias (Padrón; Betancourt, 2008).

El triunfo de la Revolución cubana marcaría un parteaguas en la historia latinoamericana y caribeña. Desde el primer momento –tal como evidencia el viaje de Fidel a diferentes ciudades de EE.UU. en abril de 1959– hubo la voluntad, desde este lado, de fomentar relaciones cordiales con el poderoso vecino, aun a sabiendas de la actuación muchas veces pérfida de aquellos contra los proyectos independentistas y revolucionarios de distintas épocas.

Estados Unidos, por su parte, no aceptó la rama de olivo que se tendía y respondió, desde sus entrañas, con el fomento de planes y acciones de la más variada naturaleza para derrocar al imberbe empeño emancipatorio. La invasión por Playa Girón fue el clímax de ese proceder, en cuya antesala hubo también innumerables agresiones, en la medida en que la incursión armada fungiría como símbolo de la sintonía estratégica entre republicanos y demócratas, en cuanto a la pretensión de socavar, por cualquier vía, el régimen político cubano (Hevia; Zaldívar, 2015).

En última instancia, antes de que Cuba proclamara el carácter socialista y restableciera relaciones con la URSS, EE.UU. había decretado la imposibilidad de que se produjeran vínculos armónicos con el Gobierno cubano (Welch, 1985). Ello estuvo dado, en lo fundamental, además de por la inalterable pretensión histórica de influir y maniatar los destinos de Cuba, por el hecho de que la joven revolución vino a quebrar el modelo de dominación hegemónico hemisférico concebido por Estados Unidos desde la doctrina Monroe.

Ese entramado tenía en la aparición de la Organización de Estados Americanos (OEA), en la IX Conferencia de Bogotá en 1948, su nervio principal para garantizar la subordinación de las naciones del área (Pérez, 2019).

III

No es el propósito llevar a cabo un examen de cada uno de los sucesos que mediaron durante el desarrollo de la Crisis de Octubre. Tampoco una exposición cronológica de estos.

La idea central es exponer algunas consideraciones de índole general sobre dicho episodio, así como varias de las reflexiones asociadas a este, que nos llegan hacia el presente. Lo haremos, prácticamente, de manera cablegráfica.

La Crisis de Octubre fue, desde múltiples ángulos, uno de los momentos más álgidos, para muchos el más enrevesado, que involucró a los dos pesos pesados de las relaciones internacionales en el contexto de la Guerra Fría. Resultó, en una línea amplia, el instante más “caliente” de los no pocos que hubo a lo largo de décadas (Stern, 2005).

A Cuba le asistía el derecho de asumir una posición solidaria con el movimiento comunista internacional, unido a que, en tanto nación soberana, tenía la prerrogativa de adoptar la decisión que estimase. Fue, sin embargo, un error, tal como alertó desde el comienzo la dirección revolucionaria cubana, el desacierto atribuible a la parte soviética de no dar a conocer, ante la opinión pública, el traslado de los cohetes y armamento hacia la nación caribeña (Diez, 2002). A los soviéticos también les asistía el derecho de proponer una maniobra de esa envergadura, el traslado de equipamiento militar de esas características, debido a la situación, entre muchos aspectos, que habían venido enfrentando con antelación, en cuanto a los misiles instalados en Turquía e Italia (Karlsson, 2017).

Cuba, sin haberlo solicitado, se vio inmersa en un enfrentamiento entre las dos potencias principales del planeta, cuyo desenlace pudo haber tenido consecuencias nefastas para la humanidad. A lo largo de toda la crisis, la dirección cubana mantuvo una posición coherente con los principios que enarbolaba (Lechuga, 1995).

Tal expresión ante la dirección soviética y sus apreciaciones sin titubeos de ninguna clase, son de una gran significación si se contextualiza, desde la retrospectiva, que era un proceso, la Revolución cubana, con apenas poco más de tres años de existencia.

La URSS, por su parte, actuó en las diferentes etapas de la crisis de manera pragmática en función de sus intereses, desmarcándose en alguna medida de la visión vertical que enarboló Cuba (Zubok; Pleshakov, 1996).

La envergadura de este enfrentamiento creó un marco integral sin precedentes, y que no se repetiría en lo adelante, para que, de haber tenido la voluntad el Gobierno de Jruschov, la solución de esta derivara en una discusión profunda y posterior negociación que pudiera transitar a un compromiso abarcador, por escrito, que garantizara la distensión de Estados Unidos con Cuba. Esa deliberación pudo tener, además, como resultado, que se eliminara, entre muchos aspectos, el bloqueo instaurado por Kennedy de manera oficial uno meses antes con la directiva 3447 (Franklin, 2015).

Los famosos cinco puntos planteados por Fidel fueron, precisamente, la exigencia, desde una postura de principios, de encontrar solución a aspectos medulares que estaban en la esencia de la hostilidad de Estados Unidos hacia Cuba y, por tanto, era cuestiones que ameritaban que se fomentara su debate, desde la parte soviética, con toda intencionalidad y rigor.[2]

La temática cubana, si bien no la central que generó el conflicto, pero sí de enorme importancia hacia el futuro regional, desde la dimensión geopolítica, quedó prácticamente al margen de lo ventilado entre las dos potencias, limitándose la URSS a plantear que hubiera un compromiso verbal, de la Administración estadounidense, a no atacar militarmente a Cuba (Blight; Brenner, 2002).

No solo fue un asunto insuficientemente manejado desde el lado de la URSS, sino que puso de manifiesto que, en ese sentido, se adhería a una posición en que imperaba el cálculo político sin dar espacio a aspectos que consideraba un tanto románticos.

Ignorar a Cuba en el momento de deliberar y llegar a un acuerdo entre los dos gigantes fue totalmente cuestionable, especialmente desde la ética revolucionaria. Se desconoció así que era Cuba la parte que corrió los mayores riesgos y que, desde el inicio, había aceptado la proposición soviética de instalar los misiles, precisamente desde la condición solidaria con la URSS y el campo socialista en general.

Para la dirección cubana, este hecho entrañó un profundo aprendizaje (Ramírez, 2017). Si bien, a partir de las posiciones de principio que se defendían, no estaba en juego el resquebrajamiento de las relaciones con los soviéticos, ello no excluyó que, especialmente en la etapa posterior inmediata, quedaran huellas a partir de la manera en que procedieron los europeos (Jiménez, 2003).

Dicho de otra manera, estos acontecimientos también implicaron un proceso gradual hacia el futuro de recomposición de los vínculos entre ambas naciones y de la confianza que, de alguna manera, se había dañado. La extensa visita de Fidel a la URSS, que se extendió entre el 27 de abril y el 3 de junio de 1963 y abarcó distintas ciudades, fue clave en esa dirección, en tanto permitió a Jruschov y Fidel sostener múltiples intercambios, cara a cara, al tiempo que se diseñaban propuestas de cooperación en el plano estratégico. [3]

Los días luminosos y tristes de la Crisis de Octubre, y el brillo inigualable en su conducción de Fidel, como lo calificó el Che, dejaron claro para el Gobierno cubano que, más allá de lo estrecho que pudieran resultar los nexos entre las dos naciones, en lo adelante habría que cifrar las esperanzas, a la hora de solventar cualquier desafío, únicamente en las capacidades cubanas para desenvolverse en diferentes escenarios. Esta apreciación sería validada por completo a comienzos de la década de 1980, cuando la dirección soviética le planteó a la cubana la imposibilidad de intervenir ante una eventual agresión militar estadounidense contra el archipiélago.

IV

El mundo, después de los eventos de octubre de 1962, ha experimentado innumerables cambios en todas las dimensiones. Tres décadas más tarde, por ejemplo, se extinguirían la URSS y el sistema socialista en Europa del Este, como resultado de la acción combinada de las agresiones y la labor subversiva desplegada hacia ellos por EE.UU. y Occidente, y un sinnúmero de desaciertos ideológicos, políticos y económicos cometidos a nivel interno por las anteriores naciones socialistas (Rodríguez, 2016).

Fue la época del envalentonamiento imperial, bajo el manto del fin de la historia y las utopías y la adoración a ultranza, como dios de la modernidad, del mercado y la sociedad de consumo. Se ignoraba así, de forma ramplona, que el colapso estuvo asociado no al socialismo como empeño emancipatorio ni proyecto de organización económica y social, sino a una forma concreta de llevar adelante estas ideas, la que se puso en práctica en aquellos lares, con deformidades, por demás, a lo largo de décadas (Colectivo de autores, 1996).

Cuba, desde el Caribe, junto con otros ejemplos que con características propias tenían lugar en Asia, se encargaría de demostrar con creces no solo la viabilidad socialista, sino que, desde su resistencia ante los embates de la mayor potencia del planeta, era posible cimentar un ejemplo que se multiplicaría, con ribetes singulares, en otros espacios del hemisferio. Hugo Chávez, por ejemplo, afirmó en múltiples ocasiones que en la permanencia desafiante de Cuba ante el Imperio había que encontrar las claves para explicar lo sucedido, desde un variado espectro, con relación al progresismo latinoamericano que se extendió a varias naciones en la primera década del presente milenio (Chávez, 2014).

La Crisis de Octubre, en su génesis, desarrollo y desenlace, legó no pocas lecciones que mantienen su vigencia en la actualidad (LoeGrande; Kornbluh, 2014). Especialmente, si se asumen desde la óptica de naciones pequeñas, alejadas de los centros de poder que encarnan las potencias globales.

El mundo de hoy no está signado por dos polos, como el que marcó aquellos hechos. Desde hace décadas, se vienen produciendo transformaciones de hondo calado en el orden internacional a partir de la emergencia de múltiples polos y la ascendencia que estos irradian hacia todas las geografías. No es un fenómeno acabado en el que esté dicha la última palabra. Estamos en presencia, si se quiere, de un amplio y en no pocos sentidos prolongado proceso de recomposición y reconfiguración de las relaciones internacionales, en el cual ningún actor puede desempeñarse a sus anchas en desmedro del resto.

Estados Unidos, que sigue marcando la pauta en materia militar (con aproximadamente el 40% del gasto anual) es apenas el 4% de la población mundial y representa el 22% del PIB global. Es cierto que prosigue como la principal potencia, pero también atraviesa, desde mediados de la década del setenta, con la derrota en Vietnam, un incuestionable proceso de declinación hegemónica relativa. En el plano militar, Rusia no solo es un contrapeso, sino que está a la vanguardia en cuestiones de primerísimo orden como la cohetería estratégica y la defensa antiaérea. En el aspecto económico, China es un gigante desde hace varios años, al tiempo que se acentúa la percepción de que, en el mediano plazo, podrá desplazar a EE.UU. del lugar cimero. Ninguno de estos desafíos escapa a la élite política estadounidense, la cual ve retado de forma cotidiana su sistema de influencia.

Sirva como muestra, a guisa de ejemplo, la manera en que diversas naciones (Venezuela, Nicaragua, México, Bolivia, Guatemala y los países del Caribe) plasmaron, luego de la denuncia que realizara Cuba sobre la manera en que procedían los organizadores, su negativa a asistir a la IX Cumbre de las Américas, efectuada en junio del 2022 en Los Ángeles, ante la persistencia de la Administración Biden de no invitar a quienes no se pliegan a EE.UU. Los mandatarios de todas ellas, desde una pluralidad enriquecedora, dejaron claro así que resulta inadmisible en el mundo de hoy que se fomenten y toleren exclusiones de ese tipo que remedan el lenguaje y comportamiento de la etapa más aciaga de la Guerra Fría.

Las naciones pequeñas están obligadas a unirse. Es también una enseñanza que emana de los hechos de 1962. La única vía de que sus planteamientos y aspiraciones sean tenidos en cuenta transita por la capacidad que demuestren para articular posiciones comunes dentro del complejo panorama foráneo. Nadie les obsequiará nada, como dádiva divina, tanto en sus reivindicaciones históricas como en el fomento de sus enfoques en cuanto al desarrollo de la sociedad global futura. Multiplicar los espacios de concertación se levanta como empresa titánica insustituible, en el afán de avanzar dentro de un conglomerado signado por chovinismos y distanciamientos de los organismos multilaterales.

En nuestro entorno, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) aflora como la construcción más acabada hacia un nuevo tipo de relación, desde el respeto y la diversidad. Es un empeño imperfecto, como toda obra humana, pero que ha patentizado su voluntad y exhibe resultados, modestos aún, en cuanto a consolidar un espacio de interlocución y debate sobre las problemáticas que afectan a la región.

Tiene el valor inconmensurable de que ello ocurra sin la intromisión de Estados Unidos, cuestión que caracteriza el quehacer de la OEA, cada vez más desprestigiada y carente de aportaciones, precisamente a partir de ese lastre fundacional: actuar como brazo que prolonga la visión hegemónica imperial.

La VI Cumbre de la Celac, efectuada en México en septiembre del 2021 con el liderazgo del presidente Andrés Manuel López Obrador, confirmó, por la amplitud de las deliberaciones que allí se suscitaron, que es el escenario proteico natural, no solo en el camino anhelado y tantas veces postergado de fomentar la integración, sino en cuanto a ganar solidez para sortear los enormes obstáculos que se divisan en el horizonte. Los efectos devastadores provocados por la covid-19 y los ecos de la contienda entre Rusia y Ucrania, por solo citar dos casos, son ejemplos palpables de la necesidad impostergable de unirnos como pilar insustituible de la contemporaneidad.

Esa, entre muchas, es una de las lecciones fundamentales que nos legó la Crisis de Octubre. No cejar en buscar canales de diálogo para la resolución de conflictos, sin renunciar a aspectos que se consideran raigales, es una enseñanza que acrecienta su valor en el tiempo. Unirnos, integrarnos y trabajar por formas novedosas y creativas de asociación y cooperación, desbordando los mecanismos fallidos de antaño, es igualmente un aprendizaje que estamos obligados a asimilar, fundamentalmente desde la perspectiva de los más pequeños.

 

Notas

[1] Este trabajo es una síntesis de la ponencia presentada en el reciente Congreso Virtual de la Latin American Studies Association (LASA), San Francisco 2022, que tuvo lugar entre el 5 y el 8 de mayo, bajo el lema “Polarización socioambiental y rivalidad entre grandes potencias”. Esta formó parte del panel “Entre crisis, misiles, y negociaciones: a 60 años de un octubre que estremeció la Historia Contemporánea”, organizado por académicos de diversas instituciones de Cuba y Canadá.

[2] Los cinco puntos presentados por Fidel, quien desconocía entonces que Jruschov y Kennedy ya se encontraban negociando la retirada de los misiles, sin consultar a las autoridades cubanas, son 1) Cese del bloqueo económico y de todas las medidas de presión comercial y económica de los Estados Unidos contra Cuba; 2) Cese de todas las actividades subversivas; 3) Cese de los ataques piratas; 4) Cese de las violaciones del espacio aéreo cubano y 5) Retirada de la base naval de Guantánamo y devolución de este territorio al Gobierno cubano.

[3] Fue este un recorrido marcado por un enorme simbolismo, la primera vista de Fidel a la URSS, y que desempeñó, a todas luces, un papel vital en la recomposición y fortalecimiento de los vínculos entre los dos países. Un inagotable Fidel Castro, quien no cumplía aún 37 años, desarrolló un intenso programa a lo largo del periplo. Para que se tenga una idea de la magnitud, y diversidad, del mismo es válido apuntar las ciudades que visitó en aquellas jornadas. Fidel llegó por Múrmansk, en Rusia, el citado 27 de abril, de donde se trasladó a Moscú para pasar, el 6 de mayo, a Volgogrado, parada que incluyó a la ciudad de Volzhski. Desde allí partió a Taskent, Uzbekistán, más tarde a Samarcanda, y con posterioridad, en Rusia, a Irkutsk, Bratsk, Sverdlovsk, Leningrado y Moscú. El 20 de mayo arribaría al aeropuerto de Boríspol, en Kiev, Ucrania, desde donde regresó a Moscú un día más tarde. El 1ero de junio llegaría a la estación de trenes de Mtsjeta, en Tibilisi, Georgia, república en la que permaneció durante 48 horas. El 3 de junio se le tributó la despedida, desde la terminal aérea de Múrmansk. Instantes más tarde, a bordo del avión TU-114 que lo conduciría a Cuba, Fidel envió un emotivo mensaje de agradecimiento al pueblo de la Unión Soviética.

 

Tomado de Cubadebate/ Foto de portada: Archivo Fidel Soldado de Ideas.

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