Cuba

Cuba: El escabroso camino del coraje

Por Frank Josué Solar Cabrales.

Desde hace 66 años, el 30 de noviembre de 1956 es sinónimo, con merecida justicia, de rebeldía, coraje, de honor en el cumplimiento del compromiso contraído, aun a riesgo de la vida, de apoyo popular a la lucha revolucionaria, de sangre joven y fértil ofrendada a la Patria en pos de un ideal. Pero rara vez se le analiza desde otra dimensión prácticamente desconocida: su significado en relación con el complejo entramado de fuerzas políticas de oposición a la dictadura de Fulgencio Batista.

Lejos de constituir una acción unilateral y en solitario del Movimiento 26 de Julio, en esa fecha debió haber ocurrido, según lo planeado, un levantamiento concertado de varios sectores insurreccionales, con el propósito común de derrocar a la dictadura. Desde julio de 1956, cuando en un giro táctico incomprendido por algunos, Fidel modificó la antigua línea de independencia política, de origen chibasista, y convino en llegar a pactos con otras fuerzas, el Movimiento participó en varias gestiones que buscaban tejer la alianza más amplia posible.

Partía de la convicción de que ningún grupo podía en ese momento, por sí solo, producir la caída del régimen, y de que la única manera de alcanzar ese objetivo era uniendo, «sin excepciones ni exclusivismos de ninguna índole», todos los hombres, todas las armas, todos los recursos, de las organizaciones dispuestas a la lucha. Solo así podría obtenerse «un triunfo seguro y fulminante». «¡Después, ya veremos!», sería la respuesta de Fidel ante las preocupaciones por las amenazas que, para el futuro proyecto revolucionario podían implicar los compromisos con algunos de esos sectores, como los seguidores del depuesto presidente Carlos Prío, que pretendían únicamente un retorno al 9 de marzo de 1952. Lo primero era salir de la dictadura, y resultaba indispensable la coordinación de los esfuerzos de toda la oposición insurreccional en un plan único.

El primer resultado de esa política fue la firma de la Carta de México, el 29 de agosto de 1956, mediante la cual el M-26-7 y la FEU se comprometían a desatar de forma conjunta la insurrección, seguida de una huelga general, antes de finalizar 1956.

La FEU, que había creado, respaldado y auspiciado al Directorio Revolucionario como instrumento político-militar para encauzar la energía combativa del estudiantado, era también una firme convencida de la necesidad de la unidad de todos los factores insurgentes. El 18 de junio había hecho un llamado a todos los sectores revolucionarios para que unieran sus esfuerzos.

Por eso, en el documento rubricado en México, José Antonio Echeverría y Fidel Castro habían acordado también convocar a «las fuerzas revolucionarias, morales y cívicas del país, a los estudiantes, los obreros y las organizaciones juveniles, y a todos los hombres dignos de Cuba, para que nos secunden en esta lucha». La única excepción que ambos hacían de su tesis unitaria era la de los gangsters vinculados con las conspiraciones aupadas por el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo.

Por otro lado, el apresamiento de Fidel junto a varios de sus compañeros, en junio de 1956, el consiguiente descenso en la recaudación de fondos del M-26-7, las dificultades financieras y materiales que ponían en peligro la preparación de la expedición armada y el cumplimiento de la promesa de libertad o martirio en 1956, lo habían llevado a aceptar las ofertas de ayuda de la zona insurreccional del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico).

Fueron estas las razones detrás de la reunión que el líder del 26 de Julio, pocos días después de la firma de la Carta de México, sostuvo con el expresidente Carlos Prío en la ciudad norteamericana de Mc Allen, en la cual el dirigente auténtico se comprometió a entregar el préstamo de 50 000 dólares que Fidel requería para comprar la embarcación que lo llevaría a Cuba y concluir los preparativos de la expedición.

En contraste con el pacto alcanzado entre la FEU y el Movimiento 26 de Julio, que anunciaba, abiertamente y por escrito, tanto la decisión de actuar juntos con un plazo fijo como la afinidad ideológica y de propósitos revolucionarios que los animaban, el acuerdo de estos sectores con los auténticos fue verbal y sin publicidad, y se reducía al compromiso de la coordinación de esfuerzos insurreccionales en el momento de la acción.

En octubre de 1956 se realizaron rondas de conversaciones entre las tres fuerzas, para la concreción de los planes. El desembarco de Fidel y sus compañeros formaría parte de un plan más general, en el cual todas las organizaciones implicadas se levantarían al mismo tiempo con el objetivo de desatar una insurrección y una huelga que pusiera fin a la dictadura en el más breve plazo posible. En resumen, cada uno marcharía por separado, según los planes propios, y golpearían juntos, levantándose al unísono, antes de terminar el año 1956.

Pero, circunstancias fortuitas obligaron al Movimiento a adelantarse. La traición y el peligro inminente de caer otra vez en manos de la policía mexicana, con la consiguiente pérdida de arsenales, forzaron la salida de la expedición antes de que estuvieran concluidos todos sus preparativos.

El 27 de noviembre de 1956, mientras bajaba por la Escalinata la última manifestación estudiantil contra Batista, el Directorio recibió, en el domicilio del doctor Primitivo Lima, el telegrama enviado desde México: «Avisa fecha cursillo alergia. Dr. Chávez», que informaba la salida de la expedición armada del Movimiento 26 de Julio. Se ordenó el acuartelamiento de los combatientes del directorio, y el Ejecutivo sesionó en reunión permanente, para informarle al Secretario General el número de hombres disponibles y la situación que existía con los recursos militares.

A pesar de habérsele cursado también un telegrama, la jefatura del Movimiento en La Habana se enteró de la salida del Granma a través de los compañeros del Directorio. El Movimiento 26 de Julio en la capital estaba en peores condiciones que el Directorio. Los miembros de la Dirección Nacional que allí radicaban habían sido trasladados a México o a Santiago de Cuba.

En la misma noche del 27 de noviembre se celebró una reunión entre Faure Chomón y Julio García Oliveras por el directorio, José Suárez Blanco por el M-26-7, y Salvador Esteva Lora y Oscar Alvarado por el insurreccionalismo auténtico. Los jefes priístas se negaron a participar en el apoyo al desembarco de Fidel.

Así lo cuenta Faure: (…) vino la respuesta de los auténticos de que no (…) bueno, ya nosotros con distintos argumentos tratamos de obligarlos (…) Pero se disgustaron, y es cuando Alvarado dijo: Bueno, chico, si Fidel Castro se quiere hacer el Jefe de la Revolución, bueno, pues que se quede solo, como si dijera que se joda (…) y entonces yo le dije: Oye Fidel Castro si inicia, es Carlos Manuel de Céspedes y eso ustedes no lo pueden evitar, como nadie pudo evitar que Carlos Manuel de Céspedes fuera el Padre de la Patria (…) Dijeron: nosotros no nos lanzamos, no tenemos por qué, con nosotros no se ha contado (…).

Lo cierto es que Fidel sí había informado a Carlos Maristany en la tarde del 22 de noviembre de 1956 de su inminente salida, para que avisara a Carlos Prío. Sin embargo, los auténticos adujeron que el adelanto unilateral de la expedición había roto el pacto de acción coordinada de las tres fuerzas, y que por tal razón no se veían obligados a actuar cuando se produjera el desembarco.

Tanto Frank País, en la provincia oriental, como los dirigentes clandestinos del Movimiento en otros lugares de la Isla se encontraron con la misma negativa de los auténticos cuando acudieron a ellos para que participaran y apoyaran, con el abundante armamento que poseían, como se había acordado.

Ante la salida anticipada, el Directorio no se encontraba listo para la acción: «Las armas no son suficientes ni para llevar a efecto el plan de emergencia que teníamos estudiado para una situación como ésta, ya que contábamos con que la misma habría de producirse más adelante».

Teniendo como trasfondo la realidad de contar solo con un pequeño alijo para unos 40 hombres, se reunió el Ejecutivo del Directorio el 29 de noviembre. Se discutieron las distintas variantes y propuestas. García Oliveras planteó tomar la Universidad, fortificarse en ella con las armas que poseían, y plantar combate desde allí. José Luis Gómez Wangüemert, Peligro, miembro de la Rama Externa de la Sección de Acción, propuso distribuir comandos armados por toda la ciudad para, en una suerte de guerra de guerrillas urbana, hostilizar objetivos del régimen. Echeverría rechazó los planes por considerarlos desesperados y conducentes a la inmolación de muchos combatientes, y decidió acumular fuerzas para una operación de mayor envergadura. Ante sus compañeros asumió la responsabilidad histórica por la decisión.

En el caso de su organización, Fidel destacaba a finales de diciembre de 1956 que «sin armas ni recursos el Movimiento 26 de Julio ha respondido de una forma o de otra en toda la Isla», y en clara alusión a Carlos Prío, lo acusaba de «justificar su cobardía diciendo que el 26 de Julio se adelantó». En la carta que dirigió el 14 de diciembre de 1957 a las organizaciones firmantes del Pacto de Miami, Fidel reprochó a los que «comprometidos en su inicio [de la insurrección] con nosotros, nos dejaron solos».

Las acciones del 30 de noviembre de 1956 no solo fueron la prueba de la audacia y el heroísmo sin límites de los que eran capaces los cubanos en la lucha por la libertad. Que esa fecha no se hubiera podido convertir en el levantamiento nacional conjunto de varias fuerzas insurreccionales, como se había planificado, demostró también las dificultades y los obstáculos enormes que debían superarse aún en el camino de la unidad revolucionaria, a la vez que reveló los móviles de la actuación de cada organización en la oposición antibatistiana.

Mientras Prío y sus seguidores decidieron no honrar su compromiso y prefirieron cubrirse con la ignominia de abandonar a su suerte a compañeros de lucha, poseyendo todos los medios materiales para apoyarlos, los jóvenes del Directorio Revolucionario no pudieron actuar en ese momento porque no contaban con los recursos para ello, y en lo adelante no cejaron en los empeños de solidaridad y colaboración con sus hermanos del M-26-7.

Tomado de Granma / Foto de portada: Archivo / Granma.

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