Dos anécdotas de Celia
Por Daily Sánchez Lemus.
Este 4 de mayo se cumplen 62 años de la fundación por nuestra querida Celia Sánchez Manduley de la Oficina de Asuntos Históricos de la Presidencia de la República de Cuba —que conserva todas las cartas, informes, imágenes y objetos de la lucha insurreccional… «hasta el último papelito»—, como escribiese la propia combatiente de la Revolución, de quien celebraremos el próximo 9 de mayo, 106 de su natalicio.
Son estas las motivaciones principales para comenzar en este mes y en el año del centenario del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, una columna periodístico-guerrillera que combata desde la historia. Abrimos con dos anécdotas narradas por la propia Celia, y que se conservan en el Fondo Testimonios de la Oficina de Asuntos Históricos.
Uvero
El 28 de mayo de 1957 tuvo lugar en la Sierra Maestra el ataque al cuartel de Uvero, victoria que a decir del Che marcó la mayoría de edad del Ejército Rebelde. Ese día, Celia —quien se encontraba en la Sierra desde finales de abril cuando acompañó a los periodistas de la CBS para entrevistar a Fidel— se convirtió en la primera mujer en empuñar un arma. Allí, ubicada en la escuadra de la Comandancia, disparó con su M-1; con tristeza vio caer a Julito Díaz, vivió la victoria y también presenció una lección que daría el Comandante en Jefe a toda su tropa y a los soldados prisioneros en el combate. Ella lo recordaría así:
«Cuando Uvero, lo único que nos quedaba eran unos pocos garbanzos […] No solos así, crudos, que hacía tiempo ya que se traían en las mochilas. Traía yo, un poco (Manuel) Fajardo (Sotomayor), un poco el Che. (…) Esa noche de Uvero, con los presos y todo, dice Fidel: «Buenos, vamos a encender candela». Figúrate, nos volvimos locos todo el mundo porque íbamos a comer esa noche y los garbanzos, lo único que había de comer era garbanzos. Lo único, y teníamos que llenarnos porque no sabíamos después qué venía, al otro día, nada. Vamos y voy a encender, entonces pendiente del cubo, y la candela, y échale, y la leña no encendía, y busca el palito. Todo el mundo ayudó a cocinar los garbanzos.
Nadie se acostó a dormir velando el cubo de garbanzos. Y a las 5 de la mañana dice Fidel: «Celia, hay que levantar un acta de la liberación de los prisioneros». Y pongo yo al lado del fogón, aquella acta para la liberación de los prisioneros. Y ya los garbanzos los iban a repartir. Dice Fidel: «Luis (Crespo), baja el cubo de garbanzos y se lo repartes aquí a todos los prisioneros, que se tienen que ir».
Lo que para algunos en ese momento fue una decisión injusta de Fidel por darle al enemigo lo único que ellos tenían para comer, era una lección para todos de la ética y el humanismo de la Revolución.
La gallina
Es de esos días de 1957 de la guerrilla en movimiento esta otra anécdota narrada por Celia: «Un día llegaba uno con una gallina, y cargó uno la gallina, y entonces al otro día le tocó a (Luis)Crespo, al otro día a (Manuel)Fajardo, y les puedo decir que nos fuimos turnando la gallina, ¿no? Y todo el mundo: «bueno, ¿cuándo me toca a mí?» Primero por comerla y después pues el problema de cargar la gallina. (…) Bueno, todo el mundo estaba esperando ya que llegara la noche para encender candela, y dice Fidel: «No, no se va a encender candela». (…) Camilo venía, era de la vanguardia, y a cada rato me decía:
—¿Qué?
—Nada.
La gallina seguía allí. Entonces Luis Crespo un día nos dice: «Lo peor es si la gallina pone y Fidel la descubre». Y cuando se incorpora a la tropa Fidel, ya: «Oigan, tienen que desaparecer el huevo y la gallina». Y el Che empezó: «Bien abiertos los ojos: que no ponga la gallina, fíjate». Ay, puso la gallina, ya se desgració… pasamos un día de apuro ahí, y la gallina seguía porque no encendíamos candela(…) Entonces llegamos a la casa de un campesino. «Ay, qué bueno» —dijimos— Nada, aquí mismo.
Él (Fidel) dice: «Bueno mire, esta gallina hace tantos días que traemos…» —y todos nos miramos, y ya nos íbamos a comer la gallina— «vamos a dejarla aquí para hacer cría».
Todos se quedaron pasmados. Luego de tantos días escondiendo la gallina para que Fidel no descubriera que era ponedora y poder comérsela, él fue quien los sorprendió a ellos con aquella decisión que también se había callado. Como decimos en buen cubano: a Fidel no se le iba una.
Tomado de Juventud Rebelde.

